Quien sale de la CDMX tres o cuatro días, tiempo en que el cuerpo más o menos se limpia de los contaminantes, se percata de una triste realidad: al volver, apenas se abren las puertas del avión, se percibe la peste del smog, ese olor a gasolina y diésel quemado, a humo de coche de vieja tecnología de combustión. Provoca nausea y dolor de cabeza. FOTO: Cuartoscuro
Quien sale de la CDMX tres o cuatro días, tiempo en que el cuerpo más o menos se limpia de los contaminantes, se percata de una triste realidad: al volver, apenas se abren las puertas del avión, se percibe la peste del smog, ese olor a gasolina y diésel quemado, a humo de coche de vieja tecnología de combustión. Provoca nausea y dolor de cabeza. FOTO: Cuartoscuro

Magacín CDMX


Alejandro Lelo de Larrea


Los cuatro días de contingencia ambiental prácticamente consecutivos evidencian el drama de la contaminación en la ciudad de México, en focos rojos desde hace por lo menos 40 años, tiempo en que gobernantes, científicos, académicos, ciudadanos han aplicado puros paliativos. El problema no parece tener solución.

Quien sale de la CDMX tres o cuatro días, tiempo en que el cuerpo más o menos se limpia de los contaminantes, se percata de una triste realidad: al volver, apenas se abren las puertas del avión, se percibe la peste del smog, ese olor a gasolina y diésel quemado, a humo de coche de vieja tecnología de combustión. Provoca nausea y dolor de cabeza.

Apesta igual en el aeropuerto Benito Juárez, enclavado en la ciudad, que en el AIFA, a menor distancia de la Refinería de Tula, uno de los principales focos de contaminación. Se percibe menos esa peste a smog cuando llegas el coche, acaso porque es gradual el cambio de aires.

No hay ese triste olor característico de la CDMX en ninguna otra de las grandes capitales del país. No en Guadalajara, con todo y sus crecientes problemas viales; tampoco en Monterrey, a pesar de que en su zona metropolitana está la Refinería de Cadereyta.

Más allá del olor desagradable, el aire que se respira afecta la salud. Es un problema creciente y nunca resuelto desde que se dio la primera señal de alarma, en 1986, cuando en la Ciudad de México amanecieron en el piso, muertas, miles de aves. En esos días era secretario del Medio Ambiente Manuel Camacho Solís, quién a la postre fue jefe del Departamento del Distrito Federal, desde donde implementó los primeros paliativos: el hoy no circula voluntario, la verificación vehicular y luego el hoy no circula obligatorio, qué generó que miles y miles de personas compraran otro vehículo.

También se tomó la decisión de cerrar la Refinería de Azcapotzalco, un factor muy importante de contaminación en la CDMX, cómo lo sigue siendo hoy la de Tula, pero ninguna autoridad federal, ni local, se ha atrevido a cerrar.

Hubo en esa época ciertas políticas públicas para disminuir y desincentivar la operación de cualquier tipo de industria contaminante en la capital. Se contuvo el problema, relativamente, aunque no dejaron de ser paliativos.

Pocas son las medias de fondo contra la contaminación. Un caso es el de la industria automotriz, por regulaciones y normas internacionales más estrictas para disminuir las emisiones. También mayor refinación o adición de químicos a los combustibles; motores de gas, híbridos o completamente eléctricos. Esto ayudado.

En lo que no se ha visto avance ni control alguno en más de 4 décadas es en los vehículos de carga, que utilizan diésel. Todos nos percatamos, a cualquier hora del día y en cualquier sitio de la CDMX, de camiones de pasajeros, de carga, tráilers, qué echan humo negro de manera grotesca, sin que las autoridades hagan algo.

El tema de la verificación vehicular sí ha traído algún beneficio, pero más se convirtió en negocio para un grupúsculo de empresarios y pseudoempresarios que tienen ahí su renta semestral para cada vehículo, algo así como otro impuesto. Además, está plagado de corrupción: cualquier vehículo “pasa la verificación” con una lana.

En 2013 se creó la Comisión Ambiental Metropolitana (CAME), en la que participan la CDMX, Hidalgo, Morelos, Edomex, Puebla, Tlaxcala y Querétaro, cuyo propósito fundamental es trabajar en el mejoramiento de la calidad del aire. Sin embargo, su papel ha destacado más por ser la instancia que decreta las contingencias que por implementar políticas públicas rigurosas para solucionar de fondo el problema.

En 2024 y 2025 se reportaron entre 11 y 12 días de contingencia por año. En este ya llevamos cuatro, con mes y medio transcurrido y falta la temporada de calor, cuando precisamente se jueguen en la CDMX cinco partidos del Mundial. Seguro no habrá avance alguno de fondo en cuatro meses, como no lo ha habido en 40 años. ¿Qué harán si el ozono rebasa las 155 partes por billón? ¿Decretarán la emergencia o la omitirán como el miércoles pasado, que se alcanzaron 156 y callaron? Lo veremos.

Redacción

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