Cada cierto tiempo, la discusión pública mexicana necesita un villano de utilería. Y entonces reaparece Hernán Cortés, desempolvado, convertido otra vez en una especie de demonio absoluto que, espada en mano, cayó sobre un paraíso indígena perfectamente unido, armónico y pacífico. FOTO: Especial
Cada cierto tiempo, la discusión pública mexicana necesita un villano de utilería. Y entonces reaparece Hernán Cortés, desempolvado, convertido otra vez en una especie de demonio absoluto que, espada en mano, cayó sobre un paraíso indígena perfectamente unido, armónico y pacífico. FOTO: Especial

El Gallo Pitagórico II


Cada cierto tiempo, la discusión pública mexicana necesita un villano de utilería. Y entonces reaparece Hernán Cortés, desempolvado, convertido otra vez en una especie de demonio absoluto que, espada en mano, cayó sobre un paraíso indígena perfectamente unido, armónico y pacífico. La historia oficial —tan afecta a los héroes impecables y a los monstruos eternos— insiste en esa versión simplificada, emocionalmente rentable y políticamente útil. Una especie de telenovela histórica donde todo cabe en dos bandos: buenos puros contra malvados extranjeros.

El problema es que la historia real suele arruinar los guiones patrioteros.

La semana antepasada, el debate en el Congreso de la Ciudad de México alrededor de la Conquista de México-Tenochtitlan exhibió justamente eso: una alarmante pobreza histórica disfrazada de fervor nacionalista. De un lado y del otro, diputadas y diputados ofrecieron discursos de consigna, frases de calendario cívico y posturas construidas más para TikTok que para la reflexión seria. Mucha indignación ceremonial, mucho patriotismo de ocasión y muy poca comprensión del complejo proceso histórico que dio origen a este país.

Porque no, Hernán Cortés no fue un supervillano omnipotente que derrotó él solo a millones de indígenas indefensos. La caída de Tenochtitlan fue también resultado de profundas fracturas internas entre pueblos mesoamericanos. Ahí estuvieron los tlaxcaltecas, sí, pero también los totonacas de Cempoala, los huejotzingas, grupos otomíes, chalcas y texcocanos que vieron en la alianza con los españoles una oportunidad para liberarse del dominio mexica y de sus sistemas tributarios y militares. Decirlo no es “traicionar a la patria”; es simplemente respetar los hechos.

Y luego vino algo todavía más profundo y duradero: el dominio cultural y espiritual impulsado por la Iglesia. Porque la verdadera colonización no se consolidó únicamente con pólvora y caballos, sino con evangelización, reorganización social, destrucción de códices, imposición religiosa y control institucional. La cruz terminó siendo mucho más eficaz que la espada.

Pero admitir matices parece demasiado complicado para una clase política acostumbrada a convertir la historia en eslogan.

Resultó particularmente revelador observar cómo algunos legisladores confundían identidad nacional con una especie de concurso folclórico donde “ser mexicano” pareciera limitarse a portar huipil, usar guayabera o reivindicar de forma automática cualquier símbolo prehispánico sin entenderlo realmente. Como si la mexicanidad fuera una pureza racial suspendida en el tiempo. Como si cinco siglos de historia jamás hubieran ocurrido.

México no es un museo congelado en 1521.

Somos un país profundamente mestizo. Herederos del mundo indígena, sí, pero también de España, y con España heredamos incluso la enorme influencia árabe que marcó durante siglos la arquitectura, la lengua, la ciencia, la gastronomía y la visión cultural de la península ibérica tras la dominación mora. Basta escuchar ciertas palabras, mirar patios, cúpulas o sabores para entender que nuestra identidad es una compleja suma de conquistas, resistencias, mezclas y transformaciones.

Pero para comprender eso se necesita algo más difícil que indignarse desde una tribuna: perspectiva histórica.

La polémica con Isabel Díaz Ayuso terminó evidenciando exactamente el mismo problema. Mientras algunos exigían disculpas eternas como si el siglo XVI siguiera abierto administrativamente, otros respondían con una arrogancia imperial igualmente anacrónica. Un intercambio pobre, ruidoso y estéril donde casi nadie pareció interesado en entender la complejidad del pasado y todos parecían obsesionados con usarlo políticamente en el presente.

Quizá allí radique la verdadera tragedia.

No en la Conquista de hace cinco siglos, sino en la incapacidad contemporánea de entender quiénes somos realmente. Porque el problema no es Cortés. El problema es seguir discutiendo la historia desde la ignorancia, el resentimiento o la propaganda.

Verduguillo:

Tal parece que buena parte de la visión oficial sobre la Conquista de México-Tenochtitlan sigue atrapada en una herencia rancia, trasnochada y profundamente falsa: la del tlatoani que vive hasta La Chingada, donde la historia no admite matices, el mestizaje es pecado y la complejidad estorba. Todo reducido a estampitas ideológicas para consumo político inmediato. Porque entender el pasado exige estudio; deformarlo para el aplauso fácil, apenas un micrófono y mala memoria.

Redacción

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